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epicquibbler said: De donde eres?

De Medellín, Colombia.

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"Bien entendido que la almendra del asunto no era aquella. Detrás del ab-so-lu-ta-men-te, inmediatamente después, como una lanza recién afilada, implacable, venía la conclusión. La atroz, estúpida e ingenua conclusión de la señora Wilson. Otra de las cosas en la que con frecuencia reflexiono es sobre la manera como la gente agarra el rábano. O sea: cando para ciertas personas el globo terrestre, con sus respectivas sociedades, cultos, ideas políticas, artes, guerras, catástrofes y demás, comienza a girar sobre un solo eje, y aquel se sostiene, se nutre más bien, de frases como: repugnantemente inculto, insoportablemente maleducado, definitivamente falto de roce social… y muchas más que se me escapan; cuando ese engranaje es la médula de todo lo que conforma su mundo cognoscitivo, entonces, sin temor a equivocarnos, podremos asegurar que ese alguien está agarrando el rábano por donde no es. Sobre todo si le es indispensable el cambio del adjetivo por el adverbio. Eso de seguro."

— Dos veces Alicia, Albalucía Ángel

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"Los titulares de los periódicos anuncian que la policía está a la caza del asesino; que ya han capturado a sus cómplices, pero que Roberts se disolvió como alka-setzer en agua. Disparó a sangre fría sobre los oficiales, dice la vieja con cara de vinagre y su vecina que quién puede creer que esas cosas sucedan hoy en día, que todo eso es por lo del viaje a la Luna, y ella se cansa de oír construcciones y reconstrucciones, watson dear, y se va mejor a caminar por el parque."

— Dos veces Alicia, Albalucía Ángel

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""Querida tempestad de nieve, si pudiera, sin demasiado esfuerzo, convertirme en el instrumento para proporcionarte placer, sobre todo no te molestes, acométeme con tus copos ásperos y duros, con tu granizo tallado como pedernal, tus nubarrones contienen tanta rabia que acepto convertirme en la pobre mortal perdida en la montaña sobre la cual descargan su cólera, recibo sin rechistar sus miles de perdigones helados, nada me resulta más fácil, y tu necesidad de cortarme la piel con ráfagas de insultos constituye el más hermoso de los espectáculos, disparas con cartuchos de fogueo, querida tempestad, me he negado a que me venden los ojos frente a tu pelotón de ejecución ya que hacía mucho tiempo que ansiaba contemplar un atisbo de placer en tu mirada"."

— Estupor y temblores, Amélie Nothomb

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Y si, extraordinariamente, tu destino se librara de estas prescripciones, sobre todo no deduzcas que has triunfado: deduce que algo has hecho mal. En realidad, muy pronto caerás en la cuenta de tu error, ya que el espejismo de tu victoria sólo puede ser provisional. Y no disfrutes del momento: deja correr ese error de cálculo para los occidentales. El momento no vale nada, tu vida no vale nada. Nada que dure menos de diez mil años tiene valor alguno.

Si te sirve de consuelo, debes saber que nadie te considera menos inteligente que un hombre. Eres brillante, eso salta a la vista, incluso a la vista de los que tan mal te tratan. Aunque, pensándolo bien, ¿de verdad te sirve de consuelo? Por lo menos, si te considerasen inferior, tu infierno estaría justificado y podrías liberarte de él demostrando, conforme a los preceptos de la lógica, la excelencia de tu cerebro. Sin embargo, te consideran igual, incluso superior: así pues, tu tormento resulta absurdo, y eso significa que no existe el camino para salir de él.

Existe uno, sí. Un único camino al que tienes pleno derecho, a no ser que hayas cometido la estupidez de convertirte al cristianismo: tienes derecho a sucidarte. En Japón, es sabido que el suicidio constituye un acto de gran honor. Y no se te ocurra pensar que el más allá es uno de esos alegres paraísos descritos por los simpáticos occidentales. Nada es tan estupendo en el otro lado. Para compensar, pienso en lo que realmente merece la pena: tu reputación póstuma. Si te suicidas, tu reputación será deslumbrante y se convertirá en orgullo de tus allegados. Ocuparás un lugar de honor en el panteón familiar: ésa constituye la mayor esperanza que puede albergar un ser humano.

También puedes no suicidarte, es cierto. Pero entonces, tarde o temprano, no lo resistirás y cometerás cualquier deshonor: tendrás un amante, o te harás bulímica, o te volverás perezosa, vete tú a saber. Hemos observado que los humanos en general y las mujeres en particular tienen dificultades para vivir durante mucho tiempo sin cometer alguno de esos pecados relacionados con los placeres carnales. Si desconfiamos de esto último, no es por puritanismo: lejos de nosotros esa obsesión americana.

En realidad, vale más evitar el placer porque hace sudar. Y no existe nada más vergonzoso que el sudor. Si comes a grandes bocados tu tazón de pasta hirviendo, si te entregas al frenesí del sexo, si pasas el invierno dormitando junto a la estufa, sudarás. Y ya nadie podrá dudar de tu vulgaridad.

Entre el suicidio y la transpiración, no lo dudes. Derramar tu sangre es tan admirable como innombrable resulta derramar tu sudor. Si te das muerte, no sudarás nunca más y tu angustia habrá terminado para siempre.

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— Estupor y temblores, Amélie Nothomb

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"Redescubrí el mundo sin números. Si existe el analfabetismo, también debería existir el anaritmetismo para definir el peculiar drama de los miembros de mi especie."

— Estupor y temblores, Amélie Nothomb

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"Es una gran cosa saber cuándo se va a morir. Uno puede organizarse y convertir su último día en una obra de arte. Por la mañana, mis verdugos vendrán por mí y yo les diré: “¡He pecado! Matadme. Cumplid mi última voluntad: que sea Fubuki la que me dé muerte. Que ella me destornille el cráneo como a un pimentero. Mi sangre se derramará y resultará ser pimienta negra. Tomad y comed, porque ésta es mi pimienta derramada por vosotros y por todos los hombres, la pimienta de la alianza nueva y eterna. Estornudad en conmemoración mía”."

— Estupor y temblores, Amélie Nothomb

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"¿Y si Adam Johnson se convirtiera en verbo, próximo domingo en sujeto, jugar al golf en complemento directo y el señor Saito en adverbio? El próximo sábado acepta encantado adamjohnsonizar un jugar al golf señorsaitomente. ¡Chúpate esa Aristóteles!"

— Estupor y temblores, Amélie Nothomb

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La mañana gris se coló con el viento que hacía sonar los adornos de vidrio colocados en la repisa de caoba. El señor ministro desayunaba en el amplio y solitario corredor. Rompió con delicadeza, como si temiera hacerle daño, la cáscara del huevo colocado en un soporte de plata. La cucharita con un escudo de armas en la punta del cabo penetró en la parte blanca del huevo, se hundió como si lo hiciera sobre el vientre de un diminuto cetáceo, hasta que llegó a la melcochuda profundidad de la yema. Se llevó a los labios una porción blanca-amarilla y tuvo la sensación de que la vieja sirvienta lo miraba desde la puerta corrediza de cristal. Sin volverse, susurró:

-¿Qué pasa, Domitilia?
-En la puerta hay un hombre que quiere verlo, doctor.
-¿Quién es?
-No sé; es la primera vez que lo veo.
-¿Qué clase de hombre es?
-Tiene mala facha.
-Échele los perros.
-Le huché los perros, pero los animales, luego de que se le abalanzaron llenos de furia, cuando lo vieron se retiraron aullando.
-¿Y qué es lo que quiere?
-Verlo. Dice que es urgente porque tiene cinco bocas que alimentar.
-Cinco bocas que alimentar. Este es un pueblo de vagos y perezosos que no les gusta trabajar.
-Cuando me levanté, como a las cuatro de la madrugada, ya estaba ahí, esperando -dijo la mujer.
-Bueno: tendré que darle una limosna. Dígale a Julio que venga con la máquina de retratar para que saque una foto y se publique después en los periódicos.
-Sí, señor.

El ministro y el fotógrafo, en el saloncito calentado por el fuego de la chimenea, bebían sendas tazas de café negro. A través del ventanal se veía el jardín interior y ambos siguieron con interés el vuelo de una mariposa nocturna.

-La cogió el día y se va a morir -reflexionó el ministro.

Ambos volvieron las cabezas hacia la figura que penetró en el salón. Era un hombre que vestía un pesado y desteñido abrigo. Una bufanda de lana cubría gran parte de su cara. El fotógrafo preparó su cámara, el ministro sacó de su cartera unos billetes y cuando extendió la mano un temblor convulsivo se apoderó de su cuerpo al ver el rostro descubierto del hombre con cinco bocas que apretaban con odio diez hileras de dientes.

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— De las virtudes teologales, Jairo Aníbal Niño